martes, mayo 31, 2005


Madrid está llena de sitios preciosos.

Es una pena que habitualmente no tenga ni la cabeza ni los ojos para verlos. Pero esto tiene su parte buena: y es que en días como ayer, cuando salgo simplemente, sin prisa ni compañía, a pasear, me permito mirar detenidamente las calles por las que voy, las casas que dejo atrás, los comercios, y a la gente.

Ayer descubrí un par de sitios interesantes: el primero justo debajo del viaducto, donde pude imaginar que estaba en una colosal catedral gris ceniza a medio construir.

Arien me dijo una vez qué tipo de arco eran los del viaducto. Tienen un nombre extraño y no me quedé con él.

Siempre me he sentido unido a este extraño puente. Desde pequeño. Recuerdo con especial cariño el subir con el Renault 11 rojo que tenía mi padre por aquel entonces por la Cuesta de la Vega (donde se apoya el lado norte del viaducto y donde queda el único vestigio de la muralla árabe que una vez tuvo esta ciudad). Por encima vuela la calle de Bailén. Por debajo cae la calle de Segovia.

Hacia el norte el Palacio Real y la Plaza de Oriente. Hacia el sur el parque de las Vistillas, la Basílica de San Francisco el Grande y, más allá, la Puerta de Toledo, con sus tres arcos mirando hacia el sur. Hacia el este el muy madrileño barrio de La Latina. Y hacia el oeste el pequeño Manzanares, el Puente de Segovia, el Paseo de Extremadura y el sol que se va a dormir. Es un sitio hermoso.

Mis pasos suben la escalera hasta donde se encuentran la calle de Bailén y la calle Mayor. Hay justo en la esquina una tienda de música especializada en intrumentos exóticos.

Subiendo por Mayor hasta el mercado de San Miguel. Cuesta abajo arranca la calle de Cuchilleros, con sus conocidos mesones y sus particulares casas de paredes oblícuas y coloridas. Todo aquí rezuma antiguedad, lluvias, soles y saber popular. Cada piedra parece tener una historia que contar y cada ventana tiene la mirada de un abuelo cuando sienta a su nieto en sus rodillas y le cuenta acerca de cuando él era joven y el mundo era distinto a lo que es ahora.

La calle de cuchilleros va a morir a la Plaza de la Puerta Cerrada. Es una pequeña plaza con un crucifijo de piedra en el medio. Pero lo que siempre me ha llamado más la atención de esa plaza, por la que he pasado infinidad de veces a lo largo de mi vida, es la decoración de los dos edificios que la dominan.

A día de hoy sigo sin saber lo que representan esas dos pinturas. Tal vez porque las sigo mirando con los mismos ojos de cuando era pequeño. Tal vez por eso me gusta mirarlas.

Dejo atrás la plaza y me adentro en la calle de Toledo en dirección a la Plaza Mayor. El arco de medio punto donde nace, pequeña, esa calle que se pierde entre los antiguos edificios, buscando la Plaza y la Puerta de las que toma el nombre después de atravesar el barrio de la Latina, me sonríe entre la multitud que, sorprendentemente, llena la peatonal cuesta un lunes a las nueve de la tarde. La atravieso dejando atrás las invitadoras terrazas y las acogedoras tiendas de sombreros que moran debajo de los arcos septentrionales de la Plaza Mayor, y salgo de nuevo a la calle Mayor. Veo, invitadora, la pequeña cuesta que lleva a la calle que rodea la Iglesia de San Ginés y mis pasos se dirigen hacia allí.

En la Plaza de San Ginés encuentro un bar que me llama la atención: "El Rincón de Madrid". Un "local típico madrileño" según ellos mismos. En la puerta hay todo todo tipo de carteles, bastantes de ellos curiosos. "Tortilla española cocinada con paciencia". Me seduce y entro con la intención de probarla junto con una caña de las que sólo saben tirar en ciertas partes del centro de Madrid. La caña excelente; la tortilla está buena; los 3,50 euros que me cuestan ambas dejan mi bolsillo para posarse en la barra, dueña y señora de un beige local que ha visto tiempos mejores, y salgo por la puerta.

La iglesia de San Ginés, cuya puerta da a la calle del Arenal, acaba justo de cerrar sus puertas cuando intento entrar en ella. Otra vez será.

A mi izquierda quedan la Plaza de Isabel II y el Teatro Real; Ópera me llama. Pero miro a mi derecha y...

No me canso de mirar esta plaza.

La Puerta del Sol es considerado por algunas personas como el corazón de esta ciudad. Y las calles de Alcalá, Montera, El Cármen, Preciados, Arenal, Mayor, Correo, Carretas y Carrera de San Jerónimo, las arterias y venas que introducen y reconducen la sangre hecha de metal, de cuero, de pintura y de sueños que llevan a esta ciudad un día tras otro a través del universo en el que ella misma se ha convertido.

Es posible que me vaya dentro de no mucho tiempo. Pero tengo claro que, vaya donde vaya, una parte de mi corazón quedará siempre aquí, en un humilde rincón del centro de Madrid, en un polvoriento lugar en el que tal vez nadie repare. Pero íntima y secretamente orgulloso de él.



lunes, mayo 30, 2005

Es mi sino.

Hacer daño a las personas que están más cerca de mí. Soy un inútil. Sin remedio.
Sin remedio.

Ahem... cielo santo.

martes, mayo 24, 2005

Se me ha rayado la pantalla del móvil.

Pues es que resulta que estaba intentando hacer una entrada la mar de sesuda acerca del Episodio III de Star Wars; pero como hoy estoy poco imaginativo y no hay manera he decidido que voy a dejarlo en la recámara y voy a tratar de un tema profundo de verdad.

Se me ha rayado la pantalla externa del movil. Y me fastidia porque, contra todo pronóstico, mi terminal (un Sony Ericsson Z600) ha resultado ser más duro que una cosa muy dura, y ha sobrevivido a más golpes que una cosa muy golpeada.
...
Y eso que es uno de estos terminales con bisagra, los cuales tienden a cascar por esa extremidad.

Pues claro, resulta que le he tomado mucho cariño. Encima, la batería me puede durar de cuatro a cinco días sin despeinarse y en régimen de veinticuatro horas. Dentro tengo el ChessMaster y el Solitario. Es azul marino. Vibra.

Me gusta mi móvil.

Y si no fuera por este despacho de las narices, donde hay una población de mesas cinco veces superior a la de una nave de Ikea, una población de ordenadores diez veces superior a la del centro de control de la NASA, y una población de personas quince veces superior a la de un mercado del centro de Pekín, la pobre pantalla se podría haber salvado del rayajo que le he hecho al rozar mi bolsillo con una esquina de una mesa mientras yo intentaba pasar por encima de un ordenador y esquivaba a una persona.

En fin, cosas que pasan.


PD: Bueno chic@s, aguardo colaboración para dar a este post el sentido pseudotrágico y la profundidad sesuda del resto de entradas de este blog. Es que hoy estoy cansado y no me apetece hacerlo yo XDDDD

martes, mayo 17, 2005

Lecciones morales

Algunas veces me he visto en una situación curiosa: el tener consciencia de que la persona que tengo delante está atacando o censurando de alguna manera a otra persona por algo que sé que mi compañero de conversación ha cometido: esto es, por ejemplo, un colega que sé a ciencia cierta que le ha puesto los cuernos a su pareja la semana anterior critica a otro colega por hacer lo mismo.

Esta situación (la general, no la de los cuernos a la pareja) no se ha dado últimamente con más frecuencia que en los años anteriores; pero mientras iba el otro día en el metro me puse a pensar en las razones por las que, en vez de echar en cara cosas como el tener más morro que espalda, ser un demagogo, y otras lindezas a mis compañeros que cuadran con lo del párrafo anterior, guardo un respetuoso silencio y doy cierta importancia a sus palabras.

La primera de todas ellas es que opino que un buen consejo, una buena enseñanza o un buen empujón pueden venir de donde menos te lo esperes. Incluso un niño puede a veces trastocarte todo de tal manera que aprendes algo nuevo y valioso. En este caso prefiero mirar el contenido más que el continente: a lo mejor esa humilde vasija de barro sin cocer contiene ambrosía.

La segunda es que considero importante disociar los actos de una persona de sus palabras, puesto que unas y otras pueden tener motivaciones distintas. Y, por regla general, estamos más dispuestos a adaptar las palabras a aquello que consideramos justo y bueno, que a hacer lo mismo con los actos. Cuesta menos decir algo que hacerlo. Prefiero hacer caso de las palabras más que de los actos, puesto que una persona P suele referirse a mejores comportamientos cuando habla más que cuando actua. Y esto sin entrar a que sea mejor o peor persona.

La tercera es que si se da la circunstancia que he descrito, debería implicar que mi compañero de conversación sabe íntimamente que lo que ha hecho está mal, puesto que no tiene problema alguno en censurárselo a otra persona. Y que yo le repitiera y le recordara que eso está mal y que lo que tendría que hacer es callarse y predicar con el ejemplo, no creo que fuera beneficioso para nadie: él, o ella, ya sabe que ha actuado mal y no le veo objeto a repetírselo. Y además yo no soy nadie para meterme en la vida de otra persona si lo que haga o diga no me implica a mí directamente.

La cuarta es que puedo estar equivocado y no tener los elementos suficientes para juzgar.

A lo mejor esta forma que tengo de comportarme es una de las razones que me han hecho ser el pañuelo de lágrimas de muchos amigos a lo largo de los años. Los que me conocen saben que para que yo critique a alguien debo estar o extremadamente cabreado o extremadamente bebido, y que esto se aplica a ellos. Conforme me hablan se encuentran con comprensión, respeto y silencio. Probablemente lo que ellos necesitan en ese momento. Creo que es la mejor forma que tengo de ayudarles: no decir casi nada pero dejarles constancia de que sé que van hacia un precipicio.

De hecho, esta forma de comportarme hace que siga hablando a ciertas personas; incluso que les deje darme lecciones de moralidad a mí y yo les escuche con sonrisa afable y asentimientos de cabeza. El pensamiento lógico y visceral de "Hijo de puta, eres un demagogo y un falso" queda arrinconado al fondo a la derecha y dejo que las cuatro razones que he descrito se adueñen de mi entendimiento, tomen el control, y me permitan escuchar lo que dice la persona sin juzgarla por lo que sé de ella. Incluso a lo mejor consigo entresacar algo que me sirva y le daré las gracias con sinceridad a esa persona.

¿Me cuesta? No. La mente es algo maravilloso.

jueves, mayo 12, 2005

Remordimiento, enfado y placeres

Esta es una entrada esquizofrénica. Pero no nos importa, no. ¿Verdad que no preciosssso mío?

Vamos a lo serio: ayer reaccioné mal ante un par de opiniones de personas a las que considero mis amigos. Aun no sé por qué sucedió, pero fue una reacción bastante pueril por mi parte. Ahora solamente tengo que pensar si me compensa elucubrar acerca de ello, o simplemente dejarlo estar.

Elucubraré sobre ello. A fin de cuentas para eso está el blog.

Casi todas las personas que conozco tendemos a dejarnos llevar por nuestras reacciones sin detenernos a pensar demasiado en las consecuencias de lo que hacemos y/o decimos. Es natural: no se puede estar todo el día en tensión.

Pero dentro de esto hay seres humanos gastan más tiempo y energía que los demás en pensar lo que dicen y, lo que es más importante, en cómo lo dicen. Con más o menos éxito. Yo entro dentro de esta categoría por razones que he ido diciendo en entradas pasadas y que no me apetece repetir ahora. También me pasa con lo que escribo y con lo que hago.

Dejando aparte lo cansado que sea o deje de ser esta manera de llevar las cosas, considero que tiene sus compensaciones. La primera y más importante es que tiendo a no arrepentirme de lo que hago o digo porque por regla general suele ser parecido a lo que quiero hacer o decir. Siempre tengo razones para explicar el por qué de mis acciones. Me puedo equivocar, y lo hago muy a menudo, pero es un peligro que siempre se corre.

Por eso cuando me sucede algo como tener que cortar a un amigo cuyas opiniones valoro, y que me está dando su visión personal sobre un tema, me desoriento. Me desoriento, y mucho; porque no es algo que suela hacer y para lo que no tengo explicación alguna, salvo que llegó un momento en el que directamente no me apetecía seguir escuchándole hablar del tema.

Que lo que estuviese diciendo me gustase o dejase de gustar es accesorio. Estoy acostumbrado a oir y aceptar opiniones distintas a la mía con frecuencia. También intento entenderlas. De hecho es por eso, entre otras razones, que ahora mismo estoy escribiendo esto.

¿Será porque estaba ilusionado con el tema y ellos se dedicaron a demolerlo sistemáticamente, mientras bajábamos por Montera? ¿Será por las formas que no fueron las más adecuadas ni por mi parte ni por la de ellos? ¿Será porque tenía la sensación de que realmente me discutían por discutir, aunque esto probablemente sea falso?

El mensaje que me llegaba era como que les fastidiaba que yo quisiera plantear el comprarme la casa en la que vivo, un sitio que me gusta y donde estoy muy cómodo. Naturalmente esto es una idiotez de mi enferma mente. No hay ninguna razón para ello; son mis amigos y estoy convencido de que quieren lo mejor para mí. El problema seguramente está, como siempre, en el receptor. Pero ¿dónde?

Hay que subir a echarle una ojeada a la antena.

Estoy un poco cansado de intentar entender al resto del universo. Aunque, claro, si aspiro a que el resto del universo me entienda, antes debo entenderme yo mismo. No queda otra. Y me temo que no voy por buen camino.


Cambio de tercio. Estoy saliendo a correr por las tardes con una amiga. Hacía cantidad de tiempo que no movía el cuerpo . La informática tiende a anquilosarte y a dejarte rígido y debo reconocer que lo echaba de menos. Antes me gustaba mucho jugar al baloncesto y me pasaba el día corriendo y moviéndome. Ya era hora de retomarlo.

Ah, una entrada que inagura mi lista personal de placeres que valen una vida: entrar por la puerta después de hacer ejercicio y de volver a casa caminando, beber un trago de agua bien fría y comerse tres rodajas de una sandía buenísima y dulce, mientras hablas con una encantadora amiga poseedora de conversación variada e inteligente, más curvas que un plato de spaguettis, la piel perlada de inquietante sudor y solamente un sujetador y unas mallas ajustadas. Y unas zapatillas de deporte.

La vida después de todo no está tan mal.

martes, mayo 10, 2005

Susto

A ver, parece que por fin se ha animado a hacerlo. Entremos a ver qué es lo que hay.

Mmm... vaya, Los Manuskritos de... Qué original. Este tío siempre me sorprende. Bueno, vamos a ver qué es lo que pone.

¿Pero de qué coño está hablando? ¿Qué es esto? ¿Una broma? Sí, sin duda quiere quedarse con el personal. Este... pero no, no lo entiendo. ¿Qué hace escribiendo así? Ya está, éste se ha dado un leñazo con esa puerta del Fort Knox que gasta su casa y se le ha ido la pinza. Sigamos.

Pero... ¿qué pretende? ¿Qué ha pasado? ¿Ha tenido una regresión y vuelto a los 14 o qué? A lo mejor es un intento de acercarse a la juventud de hoy en día e intentar inculcarle algunos valores. Pues desde luego lo está haciendo de puta madre. Y encima hay gente que le comenta. No conozco a nadie pero... no, hay algo que no funciona.

O tal vez sea... sí, seguro que es eso. A este le gustan los idiomar alternativos, las lenguas hijas de esta sociedad moderna, como el Esperanto o el Batua. Aparte es filólogo en euskera. ¿Estará haciendo un estudio para Deusto? ¿Algún curro para estudiar la influencia de la lengua en los jóvenes o para intentar ver las razones de que escriban así? Porque en esas cuatro entradas hay curro para varios tomos.

Pues o deja de escribir así o le va a leer el butanero. A mí es que leer cosas como estas me pone de una mala ostia que ríete tú de la de Impe con AD&D.

Me estoy empezando a preocupar. Eso que escribe sobre los matrimonios homosexuales? ¿Le habrán abducido los extraterrestres? Desde luego este tío es polifacético. No parece de Bilbao. Pero esto ya es demasiado incluso para él.

Ay ay ay dios, el "Elfo Solitario"??? No, esto no puede ser. Me estoy volviendo loco. No debí irme a correr ayer al Retiro, el deporte es malo.

Esto ha sido una parte de lo que he pensado cuando he entrado aquí.
Te juro que me las pagarás por darme estos sustos XD